La taza de Schrödinger (visitando el museo del MIT)

En esta época del año todo el mundo anda buscando una cosa: el regalo perfecto. Si estáis leyendo este blog es muy probable que tengáis (o seáis) un amigo chiflado por la ciencia al que no sabéis qué regalarle, así que en un arrebato de bondad he decidido ayudaros con un regalo imbatible. Ha sido concienzudamente probado para vosotros por dos renombrados amantes de la física, a saber: mi querida amiga Nuri y yo mismo. Vamos, que lleva garantía, lo que es importante porque ha viajado mucho: lo hemos traído de nuestra excursión al museo del MIT.

Edificio Great Dome, emblema del MIT.

Con este regalo voy a abrir también una nueva sección del blog que he llamado turismo científico, y en la que me gustaría contaros curiosidades de aquellos sitios que visito que tienen algún interés histórico desde el punto de vista de la ciencia. Haciendo memoria he caído en la cuenta de que la primera vez que emprendí un viaje de turismo científico fue en el interrail de 2001 con mi amigo David. Estábamos en tercero de carrera y a nuestra compañera Carmen le habían concedido un curso de verano en el CERN. Decidimos hacerla una visita y, de paso, visitar el mayor acelerador de partículas del mundo.

Dieciséis años después sigo disfrutando mucho de estos oasis de ciencia, y en esta ocasión ha sido el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Fundado en 1861 al lado de la ciudad de Boston, el MIT es seguramente el centro más prestigioso a nivel científico del planeta, y cuenta en su historial con 78 premios Nobel y 52 medallas nacionales de ciencia (lo siento por sus vecinos de Harvard). Acepta a menos del 10% de estudiantes que lo solicitan, pero no sólo es una potencia a nivel académico sino que además es una imparable incubadora de empresas. Unas 30000 empresas creadas por alumnos del MIT (como Dropbox, Coursera, o Qualcomm) están activas, empleando a 4.6 millones de personas y produciendo cerca 1.9 billones de dólares de ingresos. Es decir, las empresas nacidas en el MIT son equivalentes a la décima economía mundial.

Robot de expresión facial en el museo del MIT

Se puede pasear por su campus tranquilamente, entrar en el monumental Great Dome, y colarse hasta donde las puertas o la vergüenza os permitan, pero para los más ambiciosos os recomiendo pasar por su educativo museo. Aunque no es muy grande, tiene algunas colecciones fabulosas de ingeniería mecánica, hologramas, robots, y mundo digital. Pero cuidado: ¡tienen una tienda! Si os gusta mucho la ciencia lo mejor es que no paséis por ahí, porque tenéis un gran peligro de quedar atrapados.

Hay mucho con lo que disfrutar en la tienda, pero entre todas las cosas yo me quedé cautivado por una hermosa pareja de tazas… las tazas de Schrödinger. A estas alturas todo el mundo, incluso Penny, sabe lo que es el gato de Schrödinger, así que no tengo que explicarlo.

Las batallas de gendankenexperiment (experimentos mentales) son, en mi opinión, unos de los momentos más maravillosos en el nacimiento de la mecánica cuántica, y el gato de Schrödinger es, con diferencia, el experimento mental más famoso. Sin embargo, poca gente sabe que el gato imaginario ideado por Erwin Schrödinger para ilustrar el problema de la interpretación de Copenhague (de Bohr) en objetos cotidianos fue, en realidad, la contestación a la paradoja EPR (Einstein-Podolsky-Rosen): otro experimento mental sobre entrelazamiento cuántico en la que se viola el principio de localidad.

Juego de tazas de Schrödinger

Pero claro, el problema de los experimentos mentales es ése: que son mentales. ¿Qué podría desear un físico más que realizar el famoso experimento del gato de Schrödinger en su casa? Pues precisamente ese sueño es el que te permiten cumplir las tazas de Schrödinger. El juego tiene dos tazas absolutamente idénticas en apariencia, diseñadas con una bonita combinación gráfica de funciones de onda, la ecuación de Schrödinger y el principio de incertidumbre. Pero lo verdaderamente importante es que tienen una caja negra como la propuesta en el experimento original.

No hay forma de saber lo que ocurre con el gato que está dentro de esa caja a menos que metas la taza en el microondas con la leche dentro. Al calentarse el recipiente, la caja de la taza muestra el resultado del experimento. ¿No es genial? Una de las tazas tiene un gato vivo, la otra un gato muerto; pero ¡no hay forma de saberlo antes de hacer el experimento!

Sólo os diré una cosa: 20 dólares, la mejor inversión de mi vida. Éxito garantizado. =D

@DayInLab

 

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