Desintegrar un prejuicio (y la rata de Lawrence)

Hace unos meses fui a un colegio a dar una charla sobre radiactividad. Eran alumnos de 3º de ESO y empecé preguntándoles directamente: ¿qué es la radiactividad para vosotros? Funcionó a la perfección: una de las chicas en primera fila me respondió: “Es eso que te mata“. Ya lo dijo Albert Einstein: resulta más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio, y la tecnología nuclear ha estado siempre estigmatizada. Tengo la impresión de que la sociedad sólo guarda dos recuerdos de ella: la bomba atómica y el accidente de Chernóbil. Sin embargo, no dejo de pensar una cosa: ¿desde qué edad empiezan a tener nuestros chicos ese prejuicio? Y esa pregunta me ha llevado a plantearme otra: ¿desde cuándo llevamos preocupados por los efectos de la radiación? ¿Cuándo comenzó la concienciación con la protección radiológica?

Placa fotográfica usada por Becquerel, en la que se ve la marca de una cruz de Malta colocada sobre ella. (Fuente: EarthMagazine)

Lo cierto es que la protección radiológica comenzó casi al mismo tiempo que se descubría la radiactividad. Es evidente que en las primeras épocas del descubrimiento de Becquerel (que encontraba la emisión espontánea de sales de uranio en 1986) no había controles apropiados, ni siquiera instrumentos para medir esta radiación. Como resultado de esto hubo numerosos heridos por exposiciones excesivas. Un buen ejemplo de ello es que, sólo un mes después del descubrimiento de los rayos X, se publicó un caso de dermatitis inducida por ellos.

Resulta curioso, sin embargo, que hiciera falta bastante tiempo para que la comunidad científica se adaptara al nuevo secreto del átomo, invisible para casi todos salvo cuando se revelaba en las placas fotográficas. Como es bien sabido, esta falta de protección fue determinante en la muerte de Marie Curie por leucemia, seguramente el caso más famoso de morir en el laboratorio.

Walton sentado al lado del acelerador en el laboratorio Cavendish con escasas medidas de seguridad. (Fuente desconocida)

Sin duda hubo un punto de inflexión tras el experimento de Cockcroft y Walton en 1932, cuando se pudo producir la primera reacción nuclear artificial utilizando un acelerador de partículas. Por primera vez se disponía de máquinas que eran capaces de generar una gran cantidad de radiación y este poder no podía ser ignorado nunca más.

Ernest O. Lawrence (1901-1958), el padre del ciclotrón, mostró una clara preocupación por los efectos de la radiación en sus instalaciones de Berkeley. Por aquel entonces la gente todavía mostraba desdén frente a la radioprotección y a la necesidad del blindaje. En 1935 Ernest reclutó a su hermano John, un médico de la Universidad de Yale, para revisar los procedimientos de seguridad en su laboratorio.

Esquema de un acelerador de tipo ciclotrón. (Fuente: Symmetry Magazine)

Como parte de las pruebas que se hicieron se sometió a una rata a la irradiación con el haz del ciclotrón (algo parecido a nuestra prueba de freir pollos, sólo que la rata era de verdad). La muerte de la rata hizo que todo el personal del laboratorio se concienciara de la necesidad de protegerse y supuso un gran avance en la seguridad radiológica. Ya no se volvió a poner en duda la importancia del blindaje.

Ciclotrón de 60 pulgadas en el Lawrence Radiation Laboratory de Berkeley. Lawrence es el tercero por la izquierda. (Fuente: Wikipedia; Copyright American Institute of Physics).

Por supuesto, todo cambiaría tras el uso de la bomba atómica en la segunda Guerra Mundial, y ya no hace falta educar a nadie sobre la peligrosidad de la radiación ionizante. Paradójicamente ahora tenemos que hacer lo opuesto: educar a la gente para que entienda sus beneficios. Estamos enormemente necesitados de una rata de Lawrence, de algo impactante que cambie el miedo irracional. Y es que a menudo triunfa más el impacto de un suceso que los mejores argumentos a favor de una idea. ¿Queréis saber por qué lo sé?

Me olvidé de contaros una cosa importante… Tras analizar la rata descubrieron que, en realidad, había muerto de asfixia.

@DayInLab


Nota para curiosos: Puesto que es el tema de la entrada, me gustaría aclarar un último mito también muy extendido: se dice frecuentemente que las cucharachas serían las únicas supervivientes de una explosión nuclear; eso es falso. Aunque los insectos son mucho más resistentes a la radiación que otros animales como los mamíferos (gracias a su ciclo celular), no están completamente a salvo en caso de accidente nuclear. Sin embargo, uno de los organismos más radioresistente conocido es la bacteria Deinococcus radiodurans, “Conan” para los amigos. Es un extremófilo que puede aguantar hasta 15000 Gy de radiación y se ha estimado que podría vivir más de un millón de años en Marte.

Rangos de dosis letal para distintos animales y plantas. (Fuente: UNSCEAR)

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