La estupidez y el doctorado: amigos inseparables

La estupidez y el doctorado: amigos inseparables

Reproduzco aquí el ensayo The importance of stupidity in scientific research, un ensayo de Martin A. Schwartz publicado en J. of Cell Science 121, 1771 (2008). He decidido traducirlo (traducción libre, eso sí) y colgarlo en el blog porque expresa como pocos la realidad con la que se encuentran muchos estudiantes al comenzar el doctorado. Espero que sirva de ayuda a muchos de vosotros y que os ayude a superar el síndrome del impostor.

Hace poco vi a una vieja amiga por primera vez desde hacía mucho años. Ambos habíamos sido estudiantes de doctorado a la vez, ambos estudiando ciencia, aunque en áreas diferentes. Ella abandonó el doctorado, fue a la Escuela de Derecho de Harvard y ahora es una abogada senior para una gran organización medioambiental. Para mi sorpresa, me dijo que lo había dejado porque le hacía sentir estúpida. Después de un par de años de sentirse estúpida cada día, estaba lista para pasar página y hacer algo más.

Yo la consideraba como una de las personas más brillantes que había conocido y su carrera posterior ha demostrado que estaba en lo cierto. Lo que ella me dijo me preocupó. Me tuvo pensando; y en algún momento del día siguiente, lo vi claro. La ciencia también me hacía sentir estúpido a mí. Sencillamente me había acostumbrado a ello. Estaba tan acostumbrado, de hecho, que buscaba activamente nuevas oportunidades para sentirme estúpido. No sabía qué hacer sin ese sentimiento. Incluso creía que tenía que ser de esa manera. Dejad que me explique.

Para casi todos nosotros, una de las razones por las que amamos la ciencia en el instituto y la universidad es que somos buenos en ella. Ésa no puede ser la única razón, la fascinación por comprender el mundo físico y la necesidad emocional de descubrir cosas nuevas también juega su papel. Pero en el instituto y la universidad la ciencia significa pasar las asignaturas, y hacerlo bien supone encontrar las respuestas correctas en los exámenes. Si sabes las respuestas,  sacas nota y te sientes listo.

Un doctorado, en el que tienes que llevar a cabo un proyecto de investigación, es una cosa totalmente diferente. Para mí, era una tarea desalentadora. ¿Cómo podía yo plantear las preguntas que producirían descubrimientos significativos; diseñar e interpretar un experimento de manera que las conclusiones fueran absolutamente convincentes; prever las dificultades y encontrar la manera de soslayarlas o, de no ser así, resolverlas cuando me sucedieran? Mi proyecto de doctorado era interdisciplinar y, por un tiempo, cuando me metía en un problema, molestaba a algún miembro de mi departamento que fuera experto en la disciplina que necesitaba. Recuerdo el día en que Henry Taube (que ganó el premio Nobel dos años después) me dijo que no sabía cómo resolver el problema que yo tenía en su área. Yo era un estudiante de 30 años y pensaba que Taube sabía 1000 veces más que yo (haciendo una estimación conservadora). Si él no sabía la respuesta, nadie lo sabía.

Ahí es cuando me dí cuenta: nadie lo sabía. Por eso era un problema de investigación. Y siendo mi problema de investigación, tenía que ser yo el que lo resolviera. Una vez que afronté ese hecho, resolví el problema en un par de días. (No era tan difícil después de todo; sólo tuve que intentar un par de cosas.) La lección fundamental era que el límite de las cosas que no sabía no sólo era vasto; era, a todos los efectos prácticos, infinito. Darme cuenta de eso, en vez de desanimarme, me liberó. Si nuestra ignorancia es infinita, la única alternativa que podemos tomar es asumirlo lo mejor que podemos.

Me gustaría sugerir que nuestros programas de doctorado a menudo hacen un flaco favor a los estudiantes. Primero, no creo que los estudiantes estén preparados para entender lo difícil que es hacer la investigación. Y cómo de difícil, de extremadamente difícil, es hacer una investigación importante. Es mucho más duro que el curso más exigente en el que puedas matricularte. Lo que lo hace tan difícil es que la investigación es la inmersión en lo desconocido. Sencillamente no sabemos lo que hacemos. No podemos estar seguros de si estamos haciéndonos las preguntas apropiadas o los experimentos correctos hasta que conseguimos la respuesta o el resultado. Admitámoslo, la ciencia se complica aún más por la competición para lograr becas y para hacerse un hueco en las revistas de impacto. Pero aparte de todo eso, hacer una investigación relevante es intrínsicamente duro, y ningún cambio departamental, institucional o de política nacional logrará disminuir su dificultad intrínseca.

Segundo, no hacemos un trabajo suficientemente bueno enseñando a nuestros estudiantes cómo ser estúpidos productivamente, esto es, si no nos sentimos estúpidos significa que realmente no lo estamos intentando. Y no estoy hablando de «estupidez relativa», ésa en la que los otros estudiantes de clase leen la materia, piensan sobre ella y lo bordan en el examen, mientras que tú no. Tampoco hablo de esa gente brillante que podría estar trabajando en áreas donde su talento no encaja. La ciencia implica enfrentarnos a nuestra «estupidez absoluta». Ese tipo de estupidez es un hecho existencial, inherente a nuestros esfuerzos para penetrar en lo desconocido. Los examenes preparatorios y la defensa de tesis están enfocados a poner al estudiante contra las cuerdas hasta que responde mal las preguntas o acaba por decir «no lo sé». El punto del examen no es ver si el estudiante consigue responder todas las respuestas bien. Si lo hace, entonces son los miembros del tribunal los que han fallado. El punto es identificar la debilidad del estudiante, en parte para ver dónde necesita invertir más esfuerzos, y en parte para ver si el conocimiento del estudiante falla a un nivel suficientemente alto como para garantizar que está listo para asumir un proyecto de investigación.

La estupidez productiva significa ser ignorante por elección propia. Centrarse en cuestiones importantes que nos sitúan en la posición incómoda de parecer ignorantes. Una de las cosas más hermosas de la ciencia es que nos permite tambalearnos, fallar una vez tras otra, y sentirnos perfectamente bien mientras aprendemos algo cada una de las veces. Sin duda, esto puede ser difícil para estudiantes acostumbrados a tener todas las respuestas bien en el examen. Sin duda, los niveles de confianza y la resiliencia emocional ayudan, pero creo que la educación científica debería hacer más fácil lo que es una gran transición: pasar de aprender de lo que otra gente descubrió una vez a aprender de tus propios descubrimientos. Cuanto más cómodos nos sintamos con nuestra estupidez, más profundo será el nivel de lo desconocido, y más probable es que vayamos a hacer un gran descubrimiento.

@DayInLab