Alunecer en el magnetrón

Hace tiempo que lo sospechábamos… Las muestras no eran como antes. Sí, salían opacas, pero algo había cambiado en ellas. Se las notaba diferentes, más resistentes de lo habitual, más reacias a dejar pasar los electrones por su cuerpo. Ya no nos daban los 10 kΩ de siempre, ahora eran muchos más. Nos estaban pidiendo ayuda, nos querían decir algo. Las escuchamos. Rompimos el alto vacío, ése que nos protegía de las impurezas en el confortable manto de los 10-6 mbar de presión. Tuvimos que hacerlo. Fue por ellas.

Levantamos la campana, y allí estaban los tres blancos, ocultos, protegidos del mundo exterior por acero inoxidable recubierto de historia, de muchas historias. Parecían callados, pero nosotros sentíamos cómo las líneas de campo seguían atravesándolos, sentíamos sus incansables imanes por detrás, esos que consiguen mantener el plasma brillante, esos que nos permiten recrear el corazón de las estrellas en cada nueva muestra. Ahora cada vez era más difícil conseguirlo. Sabíamos que algo no iba bien.

Desplacé el obturador y dejé el blanco de zinc al descubierto. Debió sentirse desnudo, debió sentirse observado, pero tenía que comprobarlo. Las muestras no mentían. Algo había cambiado. Llevábamos dos años de experimentos, 69 muestras crecidas nanómetro a nanómetro con cariño y expectación. Habíamos bombardeado ese blanco de todas las formas y colores posibles: morado argón, rosa nitrógeno, verde oxígeno… Habíamos tocado todas las potencias, erosionando su anillo central con cada nuevo ion generado, arrancando sus valiosos átomos de zinc para conseguir nuestras finas y delicadas láminas. Sabíamos que no podríamos hacerlo siempre, que algún día se agotarían como se agota el resto de recursos del planeta. Esos átomos eran nuestro agua, saciaban nuestros labios sedientos de ciencia y respuestas, pero ya no podríamos sacar más. Una media luna se dibujaba sobre el blanco y dejaba ver el cobre de su espalda. Significaba que no podríamos extraer más zinc de allí. Otro disco de cuatro pulgadas y cuatro nueves de pureza llegaría para reemplazarlo, pero yo aún recordaría ese bonito alunecer en el magnetrón.

@DayInLab

Alunecer

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