El “cuaderno” de Noah

La gente ya no escribe; por lo menos ya no escribe a mano. Mis alumnos no toman apuntes en clase: tiran fotos a la pizarra. La gente no se manda postales de sus viajes sino videos por whatsapp. Incluso las famosas cartas de reclamación ahora se rellenan por correo electrónico o en formularios on-line. Está claro, nos convertimos en seres tecnológicos y la lenta y artesanal escritura está perdiendo el terreno frente a los rápidos tics de nuestros dedos. Salvo para una cosa, eso sí: la burocracia. La burocracia que siga igual: con papeles, sellos, firmas y duplicados, ahí que no falte.

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El laboratorio: la última aldea que aún se resiste y mantiene la escritura a mano.

Sin embargo, como si fuera la aldea de Asterix, parece quedar otro sitio donde escribir a mano todavía resulta útil. Sí, lo habéis adivinado: el laboratorio. En el laboratorio aún se usan los cuadernos, las hojas de proceso, los manuales de operación… Algunos pensarán que eso es algo prehistórico y que ya va siendo hora de modernizarse. En realidad no, tiene que ser así. De hecho, es tan importante que nuestra red de laboratorios empezó a concienciar a los investigadores repartiendo cuadernos profesionales.

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Mi nueva libreta para las grandes ideas…

Yo, por ejemplo, sigo escribiendo diligentemente cada muestra que hago, cada experimento que empiezo, o cada nueva cosa que aprendo, siempre con la fecha en primer lugar. Y es que escribir tiene un poder único: te obliga a pensar. Te obliga a reflexionar sobre lo que haces, a comprobar lo que vas a poner (aunque después de 10 años haciendo muestras creas que no lo necesitas), evita errores, y además te permite tener un registro seguro, que no se va a eliminar por un virus o por un mal clic. Es imprescindible para hacer ciencia. Por eso cuando hace poco me regalaron esta libreta para escribir las grandes ideas, me puse muy contento…

Pero resulta que el otro día descubrimos por casualidad el “cuaderno” de laboratorio de uno de nuestros estudiantes. Por aquello de la famosa película y de preservar su intimidad, le voy a llamar Noah. El caso es que Noah trabaja esporádicamente con un sistema de evaporación térmica. No es un equipo complicado, pero tiene un sistema manual de vacío que es poco intuitivo, así que Noah decidió apuntarse los pasos a seguir. ¿Dónde? Aquí:

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La chuleta de Noah: cómo no hacer un cuaderno de laboratorio

Sí, no os engañan vuestros sentidos. Es papel de rollo industrial, parecido al de cocina que tenéis en casa, pero de color azul. Y sí, podéis observar los delicados dobleces que tiene para su correcto almacenamiento en… bueno, donde quiera que lo guardara. No hace falta que os describa mi cara de asombro cuando lo vi, pero creo que podréis imaginar la animada conversación que tuvimos, tanto el técnico de laboratorio como yo, con él.

He decidido que el próximo día le voy a llevar el ejemplo más impresionante de cuaderno de laboratorio que conozco: el de Marie Curie. Un cuaderno detallado, fruto del trabajo continuo, convencido, sacrificado e impagable, lleno de historia. Un cuaderno que sigue siendo testigo mudo de lo que significa morir en el laboratorio, porque su elevada radiactividad lo mantendrá oculto durante algunos siglos más en cajas blindadas de plomo…

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Cuaderno de laboratorio de Marie Curie (Fuente: gizmodo)

 

@DayInLab

2 Respuestas a “El “cuaderno” de Noah

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