Licencias literarias en ciencia (o cómo hacer tu artículo original)

La ciencia tiene su género literario propio y los científicos estamos obligados a seguir ciertos patrones para preservar su calidad. Los artículos científicos tienen un estilo y un lenguaje escogido minuciosamente. Claro, simple, preciso e imparcial. Sigue una estructura lógica con secciones definidas claramente. Presenta detalles y no esconde cómo se consigue la información. Y, por supuesto, debe ser objetivo. En un palabra: es aburrido.

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Un artículo publicado por niños con figuras hechas a mano. Un ejemplo maravilloso de cómo escapar a los formatos convencionales.

Los científicos estamos encorsetados en ese formato y no podemos (ni debemos) salirnos de él, porque nos obliga a pensar cuidadosamente y a hacer juicios críticos sobre nuestro propio trabajo. Sin embargo, de vez, en cuando aparecen pequeños transgresores que nos dejan momentos divertidos dentro de este género literario. Uno de los ejemplos más bonitos de eso son los alumnos del colegio de Blackawton y sus abejas (Biology Letters), una historia que ya os conté hace tiempo.

Pero hay también otras formas de romper con los convencionalismos de los artículos sin dejar de mantener su esencia científica, y he intentado recopilar aquí algunas de las más curiosas. Por ejemplo, ¿cuál es el artículo científico más corto que se ha escrito? Durante un tiempo creí que era este contraejemplo a la conjetura de Euler (Bull. Amer. Math. Soc.), publicado en 1966:

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Estaba equivocado. En 1955, Lenz describió una sencilla aproximación de la proporción entre las masas del protón y el electrón. Esa proporción es de 1836.12, y resulta que coincide de maravilla con 5. Tal descubrimiento mereció ser publicado en una gran revista (Phys. Rev.), y ocupaba menos espacio todavía que el contraejemplo anterior. Pero no. Tampoco ése es el más corto. El artículo científico más corto del mundo es de Dennis Upper y se publicó en 1974 (J. Appl. Behav. Anal.). Se titula: “El infructuoso autotratamiento de un caso de bloqueo del escritor” y es, adivinad, ¡una página en blanco! ¿No es genial?

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El artículo científico más corto del mundo

Pero en un artículo científico hay muchas partes con las que jugar. Sin ir más lejos, a veces el propio resumen basta para ser original… No sé si recordáis el famoso caso de los neutrinos que viajaban más rápido que la luz. Apareció en todos los periódicos hace unos seis años, y también en revistas científicas. Investigadores del Reino Unido y la India se preguntaron si ese resultado podía ser debido a una medida cuántica débil (J. Phys. A). Para el que no quería leerse todo el artículo la respuesta aparecía en el resumen.

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Esto sí que es un buen resumen.

La lista de autores también da mucho juego. El récord mundial de autores en un trabajo científico es de 5154, y lo ostenta el CERN por su valiosa colaboración para descubrir el bosón de Higgs (Phys. Rev. Lett.). El orden de los autores es una de las cosas más problemáticas que existe -hasta el punto de tener verdaderas luchas por ello- pero en este tipo de casos se hace alfabéticamente, así que un aplauso para los padres de G. Aad, por darle un apellido con dos aes y permitirle ser el primer autor de uno de los artículos más importantes del siglo. Aunque a veces el orden de los autores no se decide por apellidos sino por cosas mucho más importantes. En un artículo de 1974, M.P. Hassell y R.M. May (J. Animal Ecology), confesaron que se jugaron el orden en una ¡partida de croquet!

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Orden de autores elegido en partido de croquet

No obstante, si de verdad hay algo que da juego en un artículo científico, al igual que en las tesis, son los agradecimientos. Es una sección que permite muchas libertades y donde se encuentran algunas de las perlas más brillantes. Es famoso, por ejemplo, el agradecimiento de Leigh Van Valen (Evolutionary Theory) “a la Fundación Nacional de Ciencias por rechazar regularmente mi (honesta) solicitud de beca para trabajar en organismos reales, y forzarme así a realizar trabajos teóricos”. Fue una forma positiva de tomárselo, pero hay autores que no han sido tan condescendientes (Proc. CoRoT Mission):

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Los revisores, cómo no, también se llevan una parte de los agradecimientos. El anonimato del proceso de revisión les protege, pero a veces les pasa como a Newton, que se les reconoce como al león por sus garras. Por eso me quedo con la sarcástica y reveladora última frase de éste (Conservation Biology):

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Tampoco puedo dejar de mencionar la dedicatoria (Comm. Pure Appl. Math.) “a Graham Higman por permitir que el polvo de Oxford descansara sobre mi manuscrito cerrado durante treinta meses“, porque creo que mucha gente se sentirá identificada. Eso sí, no todas las anéctodas de los agradecimientos son malas. También hay gente que los aprovecha para hacer peticiones de matrimonio.

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Y no, no podemos dejar pasar las referencias y las notas al pie. Recuerdo, sin ir más lejos, que mi compañero Nuno hizo una apuesta con otro investigador para ver quién ponía la cita más antigua en el próximo artículo. Ahora mismo no recuerdo cuál fue la suya, pero sé que perdió. Su rival consiguió citar la Biblia =D. Merece la pena curiosear por las referencias antiguas más citadas. En matemáticas, por ejemplo, el artículo de 1763 de Bayes (Phil. Trans.) lleva más de 4000 citas. En física, el ensayo de Young de 1805 (Phil. Trans. R. Soc. Lond.) también anda por esas cifras.

Y no nos olvidemos de las notas al pie, que esconden a menudo jugosas comunicaciones privadas. Me voy a quedar con una (y con ello acabo ya mis mil palabras de entrada) que encontré hace poco por Twitter. No pertenece realmente a un artículo científico, sino al ensayo de Nicolas Berdyaev titulado “Lo divino y lo humano”, pero es tan original que no he podido resistirme a incluirla aquí.

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A lo mejor algún día me tomo una licencia literaria de ese estilo yo también y aparece una nota así en un artículo mío…

@DayInLab


Agradecimientos:

He tenido una gran ayuda de Glen Wright y su post sobre agradecimientos.

2 Respuestas a “Licencias literarias en ciencia (o cómo hacer tu artículo original)

  1. Pingback: Enséñame la pasta | Another Day In The Lab·

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