El día que conocí a la otra Gioconda

El día que conocí a la otra Gioconda

Durante mi carrera científica entre aceleradores he tenido la oportunidad (si no el privilegio) de visitar algunos sitios especiales donde he podido cumplir sueños. El sueño de medir con isótopos radiactivos en el acelerador más grande del mundo, el de haber entrado en un reactor nuclear y ver la radiación Cherenkov, el de usar radiación sincrotrón para observar niveles atómicos inexplorables… He visto muchas instalaciones en países muy diferentes, pero había una que se me había resistido hasta ahora: el acelerador del Louvre.

El Louvre es uno de los museos más grandes y prestigiosos del mundo. Cuenta con más de 35000 objetos, entre los que destacan la Venus de Milo, la victoria de Samotracia, el código de Hammurabi y, cómo no, la Monna Lisa. Al año lo visitan cerca de 10 millones de personas. Sin embargo, todos esos turistas ignoran que, a escasos metros de su famosa pirámide, hundido dos pisos bajo tierra, existe otra joya: el acelerador de partículas de AGLAE, dedicado exclusivamente al estudio de obras de arte.

Escaleras de acceso a AGLAE

Así que cuando mi amiga Diana me dijo que estaba trabajando allí, tuve claro que no podía haber mejor momento para hacer la visita. Hace pocas semanas estaba atravesando con ella la puerta de los leones del palacio para bajar a su laboratorio. Ciertamente, pocos físicos en el mundo pueden decir que trabajan en un sitio tan emblemático. Nos identificamos, bajamos andando, dejamos las cosas en su despacho, y fuimos a la sala de control.

Ordenador de control del acelerador de AGLAE

Al llegar allí la primera sorpresa fue encontrar a dos investigadoras trabajando con vidrieras de la catedral de Angers, del siglo XV. Acostumbrado a muestras sin ningún valor histórico, este tipo de muestras tan delicadas me parecen toda una responsabilidad, pero allí todo el mundo está acostumbrado. De hecho, hace poco hicieron un estudio sobre el Hombre León de marfil, una de las esculturas más antiguas que existen en el mundo (hace 35000 años).

Acelerador Pelletron de 2 MV de AGLAE

Diana me presentó a Laurent, uno de los técnicos, que nos avisó de que no había radiación y nos invitó a pasar a la nave. Su acelerador de 2 millones de voltios llegó en 1988. Había estado estropeado varios meses, pero gozaba de buena salud cuando lo vimos. Para cocinar ese día tenían protones a 3 MeV, su haz más habitual. Astrid, una estudiante de doctorado, estaba haciendo unas medidas de comprobación, y abusando de su paciencia conseguimos que nos dejara ver la estación experimental.

Línea experimental de AGLAE con todos los detectores focalizados en el mismo punto.

Como AGLAE se dedica a medir objetos de patrimonio cultural todas las medidas se hacen con un microhaz (para dañarlas lo menos posible) y al aire (para no tener que extraer muestras de ellas ni someterlas a cambios de presión). Eso significa que han tenido que desarrollar un sistema muy perfeccionado para recoger toda la información de la muestra en sólo 2 milímetros de espacio. Cerca de la muestra tenían cuatro detectores de rayos X, uno de rayos gamma, uno de carga, uno de partículas, un microscopio y una cámara. Es una verdadera pieza de ingeniería. Sin embargo, lo que más me llamó la atención fue encontrarme la cabeza de la Venus de Milo en la mesa auxiliar a la línea. Aunque era una reproducción estaba claro que el arte les sobra en el laboratorio.

Réplica de la cabeza de la Venus de Milo en AGLAE.

Salimos de la nave para visitar el resto de laboratorios donde se toman las imágenes de los cuadros del museo, analizados con luz ultravioleta, infrarroja y con rayos X. Sobre las paredes tenían esas copias a tamaño real. Ahí estaba La Vírgen de las rocas o La anunciación en un fabuloso blanco y negro que reflejaba que habían sido estudiadas con una de esas luces especiales que revelan detalles únicos. Entramos en la oficina del grupo encargado de esas imágenes y entonces vimos a la que faltaba.

La Gioconda analizada por reflectometría en el laboratorio de imagen del Louvre

La Gioconda nos miraba en infrarrojos. Su imagen de reflectometría estaba ahí, sobre la pared. No había nadie en el despacho así que corrimos a hacernos la foto antes de parecer turistas. Unos cuantos metros más arriba la otra sala, la de la verdadera Gioconda, debía estar abarrotada de gente, pero allí abajo éramos los únicos, y los únicos que podían ver el cuadro de esa manera.

Fue un final estupendo para mi visita salvo por una cosa: todavía no sé si nos sonreía o si no.

@DayInLab